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Los caminos de la libertad 2

La noche del 29 al 30 de septiembre

La una y media
Los señores Hubert Masaryk y Mastny, miembros de la delegación checoslovaca, esperaban en la habitación de sir Horace Wilson en compañía del señor Ashton-Gwatkin. Mastny estaba pálido, sudoroso y ojeroso. Hubert Masaryk se paseaba por el cuarto. Ashton-Gwatkin estaba sentado en la cama. Ivich se había arrinconado al fondo del lecho, no le tocaba pero sentía su calor y oía su respiración, no podía dormir y sabía que él tampoco dormía. Descargas eléctricas le recorrían las piernas y los muslos, se moría de ganas de ponerse boca arriba, pero si se movía le tocaría, y mientras él creyera que estaba dormida, la dejaría tranquila. Mastny se volvió hacia Ashton-Gwatkin y le dijo:
-Tardan mucho.
Ashton-Gwatkin hizo un gesto de excusa y de indiferencia. A Masaryk se le subió la sangre a la cara.
-Los acusados esperan el veredicto -dijo sordamente.
Ashton-Gwatkin no pareció oírle. Ivich pensó: "¿Es que no va a acabar nunca esta noche?". Sintió de repente una piel demasiado suave contra su cadera. El se aprovechaba de su sueño para rozarla. Hay que estarse quieta, si no, se dará cuenta de que estoy despierta. La piel descendió lentamente a lo largo de las caderas, blanda y ardiente, era una pierna. Ivich se mordió violentamente el labio inferior y Masaryk prosiguió:
-Para que la semejanza sea completa, es la policía la que nos ha recibido.
-¿Cómo es posible? -preguntó Ashton-Gwatkin con expresión de asombro.
-Se nos ha conducido al hotel Regina en un coche de la policía -le dijo Mastny.
-Tutututu -musitó Ashton-Gwatkin con un gesto de censura.
Ahora era una mano, una mano que descendía ligera y distraídamente por su costado hasta que los dedos le rozaron el vientre. "No es nada -pensó Ivich-, es un bicho. Estoy durmiendo. Estoy durmiendo. Es un sueño. No me moveré." Masaryk cogió el mapa que sir Horace Wilson le había dado. Los territorios que debían ser ocupados inmediatamente por el ejército alemán estaban marcados en azul. Lo miró un momento y luego lo arrojó iracundamente sobre la mesa.
-Yo no ... sigo sin poder comprenderlo -dijo mirando a los ojos a Ashton-Gwatkin-. ¿Somos todavía una nación soberana?
Ashton-Gwatkin se encogió de hombros. Parecía querer decir que el no tenía nada que ver en el asunto. Pero Masaryk pensó que estaba más emocionado de lo que quería aparentar.
-Estas negociaciones con Hitler son muy difíciles -dijo-. Tienen que tenerlo en cuenta.
-Todo dependía de la firmeza de sus grandes potencias -respondió violentamente Masaryk.
El inglés se sonrojo ligeramente. Se irguió y dijo en un tono solemne:
-Si no aceptan ustedes este acuerdo, tendrán que arreglárselas solos con Alemania.
Carraspeó y añadió con más suavidad:
-Puede que los franceses se lo digan con más miramientos. Pero, créame, son de nuestra opinión. En caso de una negativa, se desinteresarán de ustedes.
Masaryk soltó una risita desagradable y callaron. Una voz susurró:
-¿Estás dormida?
Ella no respondió, pero sintió en seguida una boca en su oreja y luego un cuerpo pesado contra el suyo.
-Ivich -murmuró-, Ivich.
No había que gritar ni que agitarse, yo no soy de la clase de chicas a las que se viola. Se echó boca arriba y dijo con una voz clara:
-No, no duermo ¿y qué?
-Te quiero -dijo él.
¡Una bomba! Ojalá cayera una bomba desde cinco mil metros y los matara en el acto. Se abrió una puerta y entró sir Horace Wilson, con los ojos bajos. Desde que habían llegado, sir Horace Wilson bajaba los ojos y les hablaba con la mirada puesta en el suelo. Debía de darse cuenta de vez en cuando, porque entonces alzaba bruscamente la cabeza y les hundía en los ojos una mirada vacía.
-Señores, les esperan.
Los tres hombres le siguieron. Atravesaron largos pasillos vacíos. Un camarero de piso dormitaba en su silla. El hotel parecía muerto. Su cuerpo estaba ardiendo, pegó su pecho a los senos de Ivich y ella oyó un húmedo ruido de ventosa. Estaba inundada del sudor de ambos.
-Si de veras me quiere -dijo ella-, apártese, tengo demasiado calor.
-Ahí es -dijo sir Horace Wilson, apartándose. El no se apartó; con una mano quitó la sábana y con la otra la sujetó con fuerza por un hombro, ahora estaba ya acostado sobre ella y con sus manos violentas, unas manos de presa, le amasaba los hombros y los brazos, mientras su voz infantil y suplicante murmuraba:
-Te quiero, Ivich, amor mío, te quiero.
Era una salita de techo bajo y estaba vivamente iluminada. Chamberlain, Daladier y Léger1 estaban de pie tras una mesa abarrotada de papeles. Los ceniceros estaban llenos de colillas, pero nadie fumaba ya. Chambierlain puso las manos en la mesa. Parecía muy cansado.
-Señores -dijo con una afable sonrisa.
Masaryk y Mastny se inclinaron sin decir nada. Ashton-Gwatkin se apartó vivamente de ellos, como si no pudiese soportar más su compañía, y fue a colocarse detrás de Chamberlain con sir Horace Wilson. Ahora los dos checos tenían a cinco hombres ante ellos, al otro lado de la mesa. Tras ellos, la puerta y los pasillos vacíos del hotel. El pesado silencio se prolongó por unos momentos. Masaryk los miró alternativamente y luego buscó la mirada de Léger. Pero Léger estaba ordenando documentos en una cartera.
-¿Quieren sentarse señores? -dijo Chamberlain.
Los franceses y los checos se sentaron, pero Chamberlain permaneció de pie.
-Pue bien... -dijo Chamberlain.
Tenía los ojos enrojecidos de sueño. Se miró las manos con una expresión de inseguridad, luego se irguió bruscamente y dijo:
-Francia y Gran Bretaña acaban de firmar un acuerdo concerniente a las reivindicaciones alemanas sobre los Sudetes. Este acuerdo, gracias a la buena voluntad de todos, puede ser visto como un indudable progreso con respecto al memorándum de Godesberg.
Tosió y se calló. Masaryk se mantenía muy erguido en su sillón y esperaba. Chamberlain pareció querer continuar, pero desistió y tendió una hoja de papel a Mastny.
-¿Quieren leer el texto del acuerdo? Lo mejor sería quizás que lo leyera usted en voz alta.
Mastny cogió la hoja. Alguien pasó rápidamente por el pasillo. Los pasos se alejaron y un reloj dio las dos por algún lugar de la ciudad. Mastny comenzó a leer. Tenía un acento nasal y monótono, leía lentamente, como si reflexionara a cada frase, y la hoja temblaba en sus manos:

Las cuatro potencias: Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, teniendo en cuenta el acuerdo ya realizado en principio para la cesión a Alemania de los territorios de los alemanes de los Sudetes, han convenido las disposiciones y condiciones siguientes para reglamentar dicha cesión y las medidas que conlleva. Cada una de las potencias signatarias se compromete, en virtud de este acuerdo, a cumplir los requisitos necesarios para asegurar su ejecución.
1.° La evacuación comenzará el 1 de octubre.
2.° El Reino Unido, Francia e Italia convienen en que la evacuación del territorio en cuestión deberá estar ultimada el 10 de octubre, sin que ninguna de las instalaciones existentes sea destruida. El gobierno checoslovaco tendrá la responsabilidad de efectuar esta evacuación sin que de ella resulte ningún daño para dichas instalaciones.
3.° Las condiciones de esta evacuación serán determinadas en detalle por una comisión internacional compuesta por representantes de Alemania, del Reino Unido, de Francia, de Italia y de Checoslovaquia.
4.° La ocupación progresiva por las tropas del Reich de los territorios de predominio alemán comenzará el primero de octubre. Las tropas alemanas ocuparán las cuatro zonas indicadas en el mapa adjunto, en el orden siguiente:
La zona 1, los días 1 y 2 de octubre.
La zona 2, los días 2 y 3 de octubre.
La zona 3, los días 3, 4 y 5 de octubre.
La zona 4, los días 6 y 7 de octubre.
La comisión internacional determinará los otros territorios de predominio alemán y su ocupación por las tropas alemanas se efectuará de aquí al 10 de octubre.
La monótona voz se elevaba en el silencio, en medio de una ciudad dormida. La voz tropezaba, se detenía, continuaba implacablemente, un poco temblorosa, y millones de alemanes dormían a su alrededor, mientras esa voz proseguía exponiendo minuciosamente las modalidades de un asesinato histórico. La voz suplicante y susurrante, amor mío, te quiero, te quiero, me gustan tus pechos, me gusta tu olor, ¿me quieres?, se elevaba en la noche y las manos, bajo su cuerpo ardiente, asesinaban.
-Querría formular una pregunta -dijo Masaryk-. ¿Qué debe entenderse por "territorio de predominio alemán"?
Se había dirigido a Chamberlain. Pero Chamberlain le miró sin responderle, con una expresión atontada. Era evidente que no había escuchado la lectura. Léger, situado tras Masaryk, tomó la palabra. Masaryk imprimió un movimiento de rotación a su sillón y vió a Léger de perfil.
-Se trata -dijo Léger- de mayorías calculadas según las proposiciones aceptadas por ustedes.
Mastny sacó su pañuelo y se enjugó la frente, antes de proseguir su lectura:
5.° La comisión internacional mencionada en el epígrafe 3 determinará los territorios en los que deba efectuarse el plebiscito.
Estos territorios serán ocupados por contingentes internacionales hasta que se haya realizado el plebiscito.

Dejó de leer y preguntó:
-Estos contingentes ¿serán efectivamente internacionales o no habrá más que tropas inglesas?
Chamberlain bostezó tras su mano. Una lágrima le rodó por la mejilla. Retiró la mano y dijo:
-Esta cuestión no está aún suficientemente puntualizada. Se considera también la posibilidad de que participen soldados belgas e italianos.
Esta comisión -prosiguió Mastny- fijará igualmente las condiciones de institución del plebiscito tomando por base las condiciones del plebiscito del Sarre. Fijará además, para la apertura del plebiscito, una fecha que no podrá ser posterior a los últimos días de noviembre.
Se detuvo nuevamente y preguntó a Chamberlain con una irónica suavidad:
-¿Tendrá el miembro checoslovaco de esta comisión el mismo derecho de voto que los demás miembros?
-Naturalmente -dijo Chamberlain con benevolencia.
Los muslos y el vientre de Ivich estaban pegajosos de una turbación tan viscosa como la sangre, que se infiltró en su sangre, yo no soy de la clase de chicas a las que se viola, se abrió y se dejó apuñalar, pero mientras escalofríos de hielo y de fuego le subían hasta el pecho, su cabeza permanecía fría, había conseguido poner a salvo la cabeza y desde ella lanzaba un grito mudo: "¡Te odio!".
6.° La comisión internacional establecerá la fijación final de las fronteras. Esta comisión tendrá también competencia para recomendar a las cuatro potencias: Alemania, Reino Unido, Francia e Italia, en algunos casos excepcionales, modificaciones de alcance restringido a la determinación estrictamente etnológica de las zonas transferibles sin plebiscito.
-¿Debemos -preguntó Masaryk- considerar este artículo como una cláusula que asegura la protección de nuestros intereses vitales?
Se había vuelto hacia Daladier y le miraba con insistencia. Pero Daladier no respondió. Estaba envejecido y abrumado. Masaryk observó que se había quedado con una colilla apagada en la comisura de la boca.
-Se nos había prometido esa cláusula -dijo Masaryk con energía.
-En cierto sentido -dijo Léger- puede considerarse que ese artículo desempeña la función de la cláusula de que habla. Pero al principio hay que ser modestos. La cuestión de las garantías de sus fronteras será competencia de la comisión internacional.
Masaryk soltó una breve risita y se cruzó de brazos.
-Es decir, que ni siquiera una garantía -dijo meneando la cabeza.
Mastny siguió leyendo:
7.° Habrá un derecho de opción que permita la inclusión o la exclusión de los territorios transferidos. Esta opción se ejercerá en un plazo de seis meses a partir de la fecha del presente acuerdo.
8.° El gobierno checoslovaco liberará, en el plazo de cuatro semanas a partir de la conclusión del presente acuerdo, a todos los alemanes de los Sudetes que lo deseen, de las formaciones militares o de la política a las que pertenezcan.
En el mismo plazo, el gobierno checoslovaco pondrá en libertad a los prisioneros alemanes de los Sudetes que estén cumpliendo penas de prisión por delitos políticos.
Munich, a 29 de septiembre de 19382.
-Ya está -dijo-, ya está.
Seguía mirando la hoja, como si no hubiese terminado de leerla.
Chamberlain bostezó y luego se puso a tamborilear la mesa.
Se acabó. La Checoslovaquia de 1918 había dejado de existir. Masaryk siguió con la mirada la hoja blanca que Mastny se disponía a dejar sobre la mesa, luego se volvió hacia Daladier y Léger y les miró fijamente. Daladier, hundido en su sillón, apoyaba la barbilla en el pecho. Sacó un cigarrillo, lo miró un instante y volvió a meterlo en la cajetilla. Léger, sonrojado, daba muetras de impaciencia.
-¿Esperan ustedes -dijo Masaryk a Daladier- una declaración o una respueta de mi gobierno?
Daladier no respondió. Léger bajó la cabeza y dijo muy rápidamente:
-El señor Mussolini debe regresar a Italia hoy mismo, por la mañana. No disponemos, pues, de mucho tiempo.
Masaryk seguía mirando a Daladier.
-¿Ni siquiera una respuesta? -dijo-. ¿Debo comprender, entonces, que estamos obligados a aceptar?
Daladier esbozó un vago gesto y Léger respondió tras él:
-¿Y qué otra cosa podrían hacer?
Ella lloraba, con la cara vuelta hacia la pared, lloraba silenciosamente y los sollozos sacudían sus hombros.
-¿Por qué te ríes? -preguntó él con una voz insegura.
-Porque le odio -respondió ella.
Masaryk se levantó. Mastny se levantó también. Chamberlain bostezaba como para descoyuntarse la mandíbula.



1 Alexis Léger, a la sazón secretario general del Quai d'Orsay (Asuntos Exteriores), más ventajosamente conocido como gran poeta, bajo su pseudónimo de Saint-John Perse. (N. del T.)

2 Transcripción del acuerdo de Munich.




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