ACTO SEGUNDO

CUADRO PRIMERO

Despacho de un general; mobiliario de oficina; en el escritorio, un teléfono portátil; la puerta en un costado.

ESCENA I

GENERAL Y MARQUEZ

GENERAL

(Adornado con medallas y cruces, sentado frente al escritorio, fumando un puro.) ¿Qué le pareció a usted el acto de la imposición de las medallas, mi buen Márquez?

MARQUEZ

(Sentado.) ¡Grandioso, señor general, grandioso y hasta sublime! Porque ¿qué calificativo mejor que el de sublime puede darse al acto en que la Patria, agradecida, premia a sus mejores hijos?

GENERAL

(Sacando el pecho.) Y no son pocas las medallas y cruces que me han colgado... Para otra vez necesito tener dos pechos, porque ya no me queda lugar para más colgajos. ¡Ja, ja, ja...!

MARQUEZ

(Servil.) Mi general, usted sabe que yo no sé manchar mi lengua con la adulación; pero estoy por decir que si el pecho de usted fuera del tamaño del mundo, todavía no habría lugar suficiente para fijar en él todas las condecoraciones a que por sus méritos se hace usted acreedor.

GENERAL

¡Bendito sea Dios, que todavía hay espíritus justicieros en la Tierra! Lo asciendo a usted a capitán, señor ayudante.

MARQUEZ

Gracias, mi general, y que Dios conserve su vida preciosa para la felicidad de la Patria. (Suena un timbre.) Voy a ver qué es. (Levantándose.) Con el permiso de usted, mi general. (Sale, cerrando tras sí la puerta.)

GENERAL

¡Ja, ja, ja...! (Palmeándose el abdomen.) ¡La Patria! ¡La Patria! ¡Esta es la Patria! Pero hay que fomentar esa ilusión en el pueblo para que esté dispuesto a degollar y a hacerse degollar cuando nos convenga a los de arriba. (A Márquez, que entra llevando un papel en la mano.) ¿Qué ocurre, mi buen Márquez? Siéntese usted.

MARQUEZ

Con su permiso, mi general. (Se sienta.) Está la antesala llena de gente quo pretende obtener algún favor de usted. (Mostrando el papel.) El escribiente ha formado esta lista de los solicitantes y de lo que pretenden, para que usted ahorre su valioso tiempo.

GENERAL

A ver, vaya usted leyendo, mi buen Márquez.

MARQUEZ

(Leyendo.) Juana Hernández viuda de García, con tres pequeñuelos, dice que su marido murió en campaña contra los campesinos, sirviendo a las órdenes de usted, y reclama una pensión para vivir ella y educar a sus hijos. Serapio Contreras, soldado del Batallón Rojo a las órdenes de usted, herido y baldado para siempre en la acción de La Purísima contra los campesinos, pide ayuda por estar cargado de familia. Diego, Juan, Toribio y Anastasio Ruiz, huérfanos...

GENERAL

¡Basta! ¡Basta, que no acabaríamos nunca y tenemos muchas cosas que arreglar! ¿Sigue la lista por el mismo tenor?

MARQUEZ

Sí, mi general.

GENERAL

Pues, no me dejo ver de nadie. ¡Qué gente tan molesta! ¿Y no ha venido Isabelita?

MARQUEZ

No, mi general.

GENERAL

Bueno; ella sí que pase inmediatamente que llegue. Ahora vamos a lo más importante: ¿está arreglado todo para la fiesta de esta noche?

MARQUEZ

Todo está listo, mi general. Los manjares son exquisitos; los vinos, de primera. La mejor orquesta de la ciudad amenizará el banquete y tocará en el baile. Han quedado invitadas las señoritas que usted prefiere: Julia, Ester, Rebeca y Lola, con la recomendación de que dejen a sus mamás en casa. En fin, que todo está listo. Los gastos ascienden a cinco mil pesos.

GENERAL

¡Una bicoca! ¡Para eso suda el pueblo! (Suena el timbre.)

MARQUEZ

(Se levanta.) Con permiso de usted, mi general, corro a ver quién es. (Abre la puerta.) Es Isabelita, mi general. (A Isabel.) Sírvase usted pasar. (Entra Isabel vestida de andrajos, y Márquez sale, cerrando discretamente la puerta.)

ESCENA II

GENERAL E ISABEL

ISABEL

(Entrando.) (Con cortedad.) Buenos días, señor.

GENERAL

(Poniéndose en pie y yendo a su encuentro con las manos tendidas.) Buenos días, Isabelita; siéntese usted. (Se sienta Isabel y e1 general se sienta a su lado.)

ISABEL

(Tímida, jugando con las puntas del rebozo.) ¿Ha arreglado usted algo en mi favor, señor?

GENERAL

Por supuesto que sí, hija mía; no faltaba más que yo dejara de hacer algo por usted, por la hermanita do dos de mis mejores soldados, como lo fueron los hermanos de usted, a quienes Dios tenga en su seno. ¿Cómo había de olvidar la Patria a los deudos de los que se sacrificaron por ella? Mas se necesita un poco de paciencia. No hay dinero para nada. Todos vivimos a la cuarta pregunta. Pero la situación de usted puede cambiar con sólo abrir los labios. Acepte usted mi proposición de ocupar la casita de mi propiedad de la Ribera de San Cosme: está sin inquilinos, completamente amueblada; puedo ponerla a usted criados que la sirvan y pasarla una regular mesada. ¿Qué dice usted?

ISABEL

Ya he dicho a usted otras veces que me es imposible aceptar sus proposiciones. Pobre he sido y pobre espero morir, con la conciencia tranquila de haber obrado siempre de acuerdo con la dignidad. ¡Qué amargo debe ser el pan comprado con la deshonra!

GENERAL

¿Es esa su determinación definitiva?

ISABEL

(Con firmeza.) Sí, señor.

GENERAL

Venga esa mano, Isabelita. La felicito cordialmente por la firmeza de su carácter. He querido solamente probar hasta qué punto era fuerte su virtud. Las proposiciones que he hecho a usted no han sido más que una astucia mía para convencerme de la pureza de usted. Venga, pues, otra vez esa mano, que beso con la misma reverencia que besaría la de la Virgen Santísima. (La besa la mano.) Esté usted segura de mi protección. Esta misma noche iré personalmente al Ministerio de la Guerra para exigir, así como suena, para exigir, del Ministro, una pensión para usted.

ISABEL

(Conmovida.) ¡Mil gracias, señor, mil gracias! ¡Cuán bueno es usted! Ahora, me retiro. (Se levanta.) Hasta luego, señor. Que Dios colme a usted de bendiciones.

GENERAL

(De pie.) Adiós, Isabelita. Cuenta conmigo como si fuera tu padre. (Sale Isabel cerrando tras sí la puerta.) (Se pone las manos extendidas una después de la otra a la altura de la nariz y agita los dedos.) ¡Toma tu pensión, idiota! Tu virtud es un obstáculo para la satisfacción de este fuego que devora mis entrañas, y es necesario aniquilar esa virtud, estropear esa castidad para que puedas caer entre mis brazos. Eres una flor que el Destino puso en la boca de un infierno: la hoguera de mis pasiones. ¡Pero para ti! Que los astros salgan de sus órbitas si no te me entregas una vez que estés deshonrada. (Medita.) (Pausa.) (Se da una palmada en la frente.) ¡Ah, sí! La hago prender como prostituta clandestina; la darán su libreta, y entonces... ¡será mía! (Se dirige hacia el escritorio, se sienta y toma el teléfono.) (Pausa.) Con el general Sifuentes. ¿Hablo con el Inspector de Sanidad? (Pausa.) Una muchacha, de nombre Isabel, está ejerciendo la prostitución clandestina y constituye una amenaza para la salubridad pública. (Pausa.) Vive en la casa número 5 de la calle del Moro. En este momento ha salido de aquí y puede ser encontrada en el trayecto. Es agraciada, tiene el pelo negro, viste andrajos y debe tener como dieciocho años de edad. (Pausa.) Ruego a usted que no se dé a conocer el nombre de la persona que hace la denuncia. (Pausa.) Muy bien. (Cuelga la bocina.) Por algo soy general. ¿No conozco la estrategia? (Cambia la decoración.)

CUADRO SEGUNDO

Una calle de una de las principales ciudades de México. Alineados a la pared, siete u ocho mendigos de los dos sexos y distintas edades.

ESCENA I

MENDIGOS Y TRANSEUNTES

MENDIGO PRIMERO

(Al mendigo que está más próximo a él.) Mal pinta el día, don Manuel.

MENDIGO SEGUNDO

¿Qué día deja de ser malo para el desgraciado?

MENDIGO TERCERO

No os quejéis, hermanos, que nosotros mismos somos los responsables de la triste situación en que nos encontramos.

MENDIGO CUARTO (mujer)

¿Nosotros los culpables? La mala suerte y nada más.

TODOS

(Con excepción del tercero.) ¡Sí, la mala suerte y nada más!

MENDIGO TERCERO

No, amigos míos: el infortunio que sufrimos no es hijo de la mala suerte, sino de nuestra testarudez, de nuestra obstinación en seguir conservando instituciones, que por tradición y por propia experiencia sabemos que son incapaces de asegurar al ser humano el bienestar y la libertad. A ver, ¿quién de vosotros sabe que lo que se llama gobierno es bueno para los pobres? ¿Quién de vosotros sabe que el hombre o la mujer de la clase trabajadora es más libre y goza de mayor bienestar en Alemania o en Estados Unidos, en Francia o en Turquía, bajo el Imperio o bajo la República?

MENDIGO PRIMERO

(Rascándose la cabeza.) El trabajador es desgraciado en todas partes.

MENDIGO SEGUNDO

(Escupiendo con rabia.) El Gobierno no tiene más que palo para el pobre, aquí y dondequiera.

MENDIGO CUARTO

(Refunfuñando.) ¿Para qué hablar de todo eso? Eso por sabido se calla. (Todos dan muestras de asentimiento.)

MENDIGO TERCERO

Pues bien, si sabéis que todo gobierno es malo para los trabajadores, no os quejéis de vuestra suerte, sino de vosotros mismos, que con vuestra sumisión, con vuestra indiferencia, cuando no con vuestro apoyo personal, habéis contribuido a la conservación de esa institución nociva que se llama Gobierno. Yo mismo he sido uno de tantos. Este brazo lo perdí en una batalla. Yo era obrero antes de ser mendigo. Los políticos, hábiles y astutos, cierta vez que se vieron muy comprometidos ante el empuje arrollador de los trabajadores del campo, que tienen como divisa Tierra y Libertad, lograron trastornarnos de tal manera a los obreros de las ciudades, que nos hicieron firmar un pacto de alianza con los jefes de un partido político, comprometiéndonos a tomar las armas para batir a los campesinos, y ofreciéndosenos, en cambio, que cuando el partido triunfase se pondría la tierra a disposición de todos los que quisieran cultivarla, y se mejoraría en todos sentidos la condición del obrero. Total: que nos ensartamos. Triunfó el partido, y los trabajadores siguen siendo tan esclavos como antes. Los que ganaron fueron los políticos, los aspirantes a puestos públicos, y, naturalmente, los burgueses, contra los cuales se decía que era la campaña. Bien merecido lo tenemos por animales. ¿No sabíamos que ningún Gobierno puede ser bueno para los pobres?

MENDIGO PRIMERO

Yo perdí esta pierna en el combate del Saucillo. Mi general está ahora riquísimo; tiene automóvil y queridas, y se da la gran vida. Los soldados dimos nuestra sangre en beneficio de unos cuantos sinvergüenzas.

MENDIGO SEGUNDO

A mí me dieron trabajo los burgueses mientras tuve fuerzas para trabajar. Cuando ya no serví para nada, me echaron a la calle como a bestia vieja.

MENDIGO CUARTO

Mi marido formó parte de un batallón de obreros: murió en una acción contra los trabajadores del campo, y quedé viuda con dos huérfanos. Un día de mucha hambre, mi hijo tomó un pan de una panadería, y fue fusilado por ladrón. Mi hija está en el lupanar; los jefes del batallón son ahora diputados y senadores, y yo pido limosna. (Levanta el puño al cielo y lo sacude amenazador.) (Colérica.) Día llegará en que el pobre empuñe el fusil, ya no para encumbrar a nadie, sino para su propio beneficio.

TODOS

¡Sí! ¡Sí!

MENDIGO PRIMERO

Todo esto enseña a los pueblos que no hay que pedir, sino que tomar.

MENDIGO SEGUNDO

Si los trabajadores hubiéramos tomado, para el beneficio de todos, la tierra, la maquinaria, los medios de transportación y todo cuanto existe, sin esperar a que un gobierno nos diera todos esos bienes, otra sería nuestra suerte.

MENDIGO CUARTO

¡Y todavía hay oprimidos que no saben cómo podrían vivir sin gobierno! (Pasa un transeúnte.)

TODOS

¡Una limosna por el amor de Dios!

TRANSEUNTE

(Sin detenerse.) ¡Perdonad, perdonad! (Pasa de largo.)

TODOS

¡Ni un centavo, ni un centavo! (Pasan dos transeúntes elegantes.)

TODOS

¡Una limosna por el amor de Dios!

TRANSEUNTE PRIMERO

(A su acompañante.) Es una vergüenza, para el buen nombre de nuestra ciudad, que el Gobierno permita a esta gente asquerosa exhibir su deformidad y su mugre a la luz del sol. Debería tenerse un lugar donde amontonarse toda esa basura viviente.

TRANSEUNTE SEGUNDO

Es precisamente lo que se hace en las grandes capitales de Europa: hay asilos para todos estos desperdicios humanos, como en nuestras casas hay desvanes para aglomerar los objetos inútiles.

TRANSEUNTE PRIMERO

Estos perdigüeños son verdaderos desechos sociales, que por decoro deberíamos ocultar. ¿A quién se le pudiera ocurrir sacar a la calle su vaso de noche y poner a la vista de todos sus desechos personales?

TRANSEUNTE SEGUNDO

Vámonos de prisa, porque huele mal esta canalla. (Saca su pañuelo y se lo lleva a las narices; el otro lo imita, y ambos se marchan a gran prisa.)

MENDIGO TERCERO

¡Infames! Ellos son la causa de nuestra desgracia, y nos desprecian. Cuando ya no servimos para trabajar, nos mandan a comer aire, como los camaleones. (Suenan dos campanadas.)

MENDIGO CUARTO

¡Las dos de la tarde, y no he conseguido un solo centavo, ni he comido un bocado de pan!

MENDIGO SEGUNDO

¡Cuántos en este momento estarán arrojando a sus perros lo que yo no he podido conseguir para mis hijitos!

MENDIGO PRIMERO

Me desvanezco de hambre.

MENDIGO QUINTO (niño de 7 años)

(Sollozando.) ¡Tengo hambre! ¡Pan, pan, pan ...!

MENDIGO CUARTO

(Al niño.) ¿No tienes padres, niño?

MENDIGO QUINTO

(Sollozando.) Mi padre y mi hermano mayor murieron en una batalla. Pertenecían a un batallón rojo de obreros. ¡Tengo hambre! ¡Pan, pan, pan...! (Entra Isabel, vestida de andrajos.)

ESCENA II

MENDIGOS E ISABEL

ISABEL

¡Pan! Este niño quiere pan. ¡Dios mío, qué miseria! (Saca un pedazo de pan que lleva envuelto en un papel y lo da al niño, quien lo come vorazmente.) Toma, niñito; este pedazo de pan es lo único que tengo para pasar el día, pero no puedo verte sufrir.

MENDIGO PRIMERO

¡Qué corazón tan noble de tan linda muchacha!

MENDIGO SEGUNDO

¡Sólo el que sufre puede comprender al que sufre!

MENDIGO TERCERO

Ella es pobre; por eso es buena.

MENDIGO CUARTO

(Conmovida.) Hija mía, mereces otra suerte. (Entran varios gendarmes blandiendo los garrotes.)

ESCENA III

LOS MISMOS, GENDARMES, OBREROS Y CATRINES

GENDARME PRIMERO

(Golpeando a los mendigos.) (Con arrogancia.) ¡Ea, haraganes, vagos sinvergüenzas, dejad libre la calle que tanto afeáis con vuestra presencia! ¡Vamos, pronto!, desfilad a vuestras asquerosas madrigueras, donde no ofendáis la vista y el olfato de las personas decentes! (Los demás gendarmes imitan el ejemplo de su compañero y arremeten a golpes contra los mendigos. Se aglomera alguna gente de los dos sexos y de distintas condiciones sociales.)

OBRERO PRIMERO

(Al que le acompaña.) Mira, ¡y eso que triunfó la Constitución!

OBRERO SEGUNDO

Siempre te he dicho que todo gobierno es malo para los pobres. Mientras los pobres tomemos el fusil para derribar a un gobernante y poner otro en su lugar, no tendremos más que miseria y opresión. El remedio está en que los pobres nos unamos para derribar todo gobierno, y hacer que la tierra, la maquinaria, las casas, todo cuanto existe, sea propiedad de todos.

GENDARME PRIMERO

(A la gente.) (Repartiendo golpes a los que visten humildemente.) ¡Ea, fuera mirones! ¡No entorpezcáis la acción de la justicia! (Se alejan un tanto las personas de traje humilde, Isabel inclusive, y sólo quedan cerca de los gendarmes las personas que visten con decencia.)

OBRERO PRIMERO

(Con ironía.) ¡La igualdad ante la Ley!

CATRIN PRIMERO

(A los gendarmes.) ¡Duro con esos pelados, vecino!

CATRIN SEGUNDO

¡Duro, duro con ellos! La plebe es una bestia que hay que domar a golpes.

GENDARME PRIMERO

(Reparando en Isabel.) (A otro gendarme.) Oiga, compañero, ¿no será ésta la mujer que buscamos?

GENDARME SEGUNDO

(Examinando atentamente a Isabel.) La filiación que de ella tenemos, coincide exactamente con el aspecto de ésta.

GENDARME PRIMERO

(A Isabel.) (Con aspereza.) A ver, tú, ¿cómo te llamas?

ISABEL

(Alarmada.) ¿Por qué? ¿Qué se quiere de mí?

GENDARME PRIMERO

(Colérico.) ¡Que digas cómo te llamas, sinvergüenza!

ISABEL

(Asustada.) Pero ¿qué es lo que se quiere hacer conmigo, Dios mío? Yo nada malo he hecho.

GENDARME PRIMERO

(La toma por el brazo y la sacude brutalmente.) (Colérico.) ¡Que digas cómo te llamas! ¿No entiendes, animal?

ISABEL

(Con angustia.) Isabel.

GENDARME PRIMERO

(Triunfante.) ¡Ajá, Isabelita, acompáñeme a la cárcel!

ISABEL

(Llorando.) ¡A la cárcel, Dios mío! (Al gendarme.) ¿Y por qué, señor, por qué he de ir a la cárcel? ¿A quién he perjudicado?

GENDARME PRIMERO

(Brutal.) Vamos, vamos, no te hagas la inocente. ¿Quieres saber por qué vas a la cárcel? Pues bien, sábelo: porque no tienes libreta y ejerces la prostitución clandestina.

LOS CATRINES

¡Ja, ja, ja...! ¡Una pájara de cuenta! ¡Buena alhaja! ¡A la cárcel con ella!

MENDIGO QUINTO

(Abrazándose a las piernas del gendarme primero.) (Suplicante y lloroso.) ¡No se lleve usted a la señorita, no se la lleve! ¡Mire que es muy buena! (El gendarme descarga un garrotazo sobre el niño y de un puntapié lo arroja lejos de sí.)

GENDARME PRIMERO

(Al niño.) (Colérico.) ¡Para que no se te vuelva a ocurrir interponerte entre la justicia y el crimen! (A Isabel, quitándose el kepis y ofreciéndola cómicamente el brazo.) Sírvase usted tomarse de mi brazo para conducirla a su casa. (Forma ostentosamente una reja con los dedos de ambas manos; los catrines ríen estruendosamente y aplauden.)

ISABEL

(Rehusa el brazo.) (Sollozando.) ¡Qué afrenta, Dios mío! ¡Qué negra deshonra! ¡Adiós, sueños rosados de un hogar tranquilo y sonriente! ¡Adiós, José mío olvídame, que nuestro amor purísimo queda aplastado bajo el peso de la vergüenza! ¡Qué desgraciada soy! (Los gendarmes la hacen caminar a empellones; los catrines ríen estruendosamente; los proletarios aprietan los puños indignados; mujeres proletarias lloran.)

OBRERO PRIMERO

(Sacudiendo el puño hacia el grupo de gendarmes que arrean a Isabel.) ¡La injusticia es la madre de la Revolución! (Cambia la decoración.)

CUADRO TERCERO

Interior de una cárcel; en un costado, la puerta con un ventanillo; en un rincón, un barril para inmundicias; presos desarrapados formando grupos o aislados aquí y allí.

ESCENA UNICA

JOSE

(Paseando solo.) ¡Qué atroz desasosiego! Siento como si todos los astros se hubieran desprendido del cielo y pesaran sobre mi pecho. ¡Me ahogo aquí, dentro de estas cuatro paredes, donde se pudre la carne proletaria! La tumba no es tan horrible como la cárcel, porque siquiera los muertos no sienten. (Pausa.) ¡Pobre Isabel! ¡Pobre Isabel! ¿Qué será de ti durante estos largos meses de mi cautiverio? Sola, enteramente sola. (Pausa.) Si fuera fea, no me preocuparía mucho por ella, porque la fealdad es, hasta cierto punto, un escudo para la virtud; pero tan bella, tan linda, ¿cuándo no dejará de despertar deseos y de avivar apetitos? (Pausa.) Joven, bella y pobre, las tres condiciones que hacen zozobrar la virtud. ¡Pobre amada mía! ¡Pobre Isabel! ¡Débil barca en medio de un océano embravecido por todas las incontinencias, azotado por todas las lujurias! (Pausa.) Yo no siento celos; no, no soy tan mezquino; pero mi corazón se oprime al pensar en tu suerte, en la suerte de todas las muchachas pobres, en la suerte de las hijas del pueblo seducidas por el burgués, que hace de los hombres carne de fábrica, de presidio o de cuartel, y de las mujeres, carne de lupanar y de hospital. (Continúa paseando.)

PRESO PRIMERO

(A sus compañeros en uno de los grupos.) Llevo ya seis meses en este maldito encierro, y todavía no me juzgan.

PRESO SEGUNDO

(Dirigiéndose al primero.) Pues, hermano, para que te pase lo que a mí, no urge que te juzguen. Hoy, a las diez de la mañana, fui sentenciado a quince años de penitenciaría por el costal de maíz que me apropié de la bodega de don Saturnino. Yo voy al presidio por el costal de maíz que necesitaba para que mi familia no pereciera de hambre, y él, que ha robado al pueblo vendiendo caro su maíz agorgojado para despilfarrar el dinero en francachelas, ahí está reventando de gordo, rico y respetado.

PRESO PRIMERO

No sé cómo me vaya; pero sea cual fuere mi suerte, quiero saberla pronto. Mi mujer está en cama y enferma, y mis hijos abandonados corretean por las calles buscando un pedazo de pan.

PRESO SEGUNDO

Perra vida la nuestra, hermanos. El taller, el presidio y la muerte, ¡he allí nuestro destino!

PRESO TERCERO

Y así seguirá siendo mientras los proletarios no formemos un solo cuerpo y acabemos con la propiedad privada, haciendo de todo la propiedad de todos.

PRESO PRIMERO

¡Qué mal gobierno tenemos!

PRESO SEGUNDO

¿Me puedes señalar uno bueno?

PRESO TERCERO

Ni con la linterna de Diógenes se encuentra uno bueno.

JOSE

(Sin dejar de pasear.) El pueblo comienza a comprender la causa de su infortunio. ¡Ah, infame sistema de la propiedad privada, tus días están contados! (Una voz desde el ventanillo: ¡José Martínez!) (Suspende su paseo.) ¡Presente! (La misma voz: ¡una carta!) (Se precipita al ventanillo y recibe una carta que le alarga un brazo.) (Emocionado.) ¡Una carta! (Ve la letra del sobre.) ¡Y es de Isabel! (Reanuda su paseo.) No quisiera abrirla. ¡Sufro tanto al enterarme de todo lo que ella sufre! Ya sé lo que va a decirme: que no ha encontrado trabajo; que no ha podido conseguir la pensión a que tiene derecho por la muerte en campaña de sus dos hermanos; que se siente sola en el enorme mundo. No, no leo la carta, sobre todo en este momento en que me siento embargado de una tristeza abrumadora. Después la leeré. (Se guarda la carta en el seno.) (Pausa.) (Suspirando.) No puedo resistir a la tentación de leer la carta. (Saca del seno la carta, procura que nadie le vea y la besa.) (Temblando al abrirla.) Parece que voy a cometer un crimen. (Lee, y mientras lee suspira y solloza.) (Con angustia.) ¿No me engañarán mis ojos? (Vuelve a leer, a suspirar y a sollozar.) (Con angustia.) ¡Oh, mis sentidos me engañan! ¡Es que mi mente está conturbada y leo ta1 vez lo que no está escrito en el papel! Pero no, no me engaña la vista: está bien clara la letra. (Vuelve a leer, esta vez en voz alta.) «José, olvídame. Todo ha terminado entre nosotros. Estoy acusada de ejercer la prostitución clandestina, y esta tarde, tal vez cuando pases tus ojos por estas líneas, ya tendré mi patente de infamia, esto es, mi libreta de prostituta. No te pido perdón porque soy inocente víctima de quién sabe qué infame intriga. En este momento soy pura todavía; pero después ya no lo seré porque así lo ha querido la maldad humana. Mi grande ilusión era unirme a ti pura. Mas ya que eso no es posible, renuncio a tu amor, y sepulto los despojos de mis ilusiones bajo la losa del olvido. Adiós; que seas feliz, ya que yo no puedo serlo siendo dueña de tu amor. -ISABEL» (Solloza.) (Pausa.) (Con desesperación.) ¡Sepulcros, vomitad vuestros cadáveres! ¡Mares, vaciaos sobre la Tierra! ¡Soles, desplomaos si el dolor y el infortunio del ser humano no se convierten en rebelión!

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