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ACTO CUARTO

La decoración representa un campo a orillas de un caserío compuesto de jacales. Grupos diseminados de campesinos y campesinas de diferentes edades, sentados en sarapes, forman ruedos, en los que se come y se bebe alegremente. Campesinos y campesinas circulan por todas partes, mostrando gran regocijo en sus actitudes. Niños jugueteando. En lugar prominente, la bandera roja con la inscripción: «Tierra y Libertad» en letras blancas. Armas en pabellón mezcladas con instrumentos de labranza.

ESCENA PRIMERA

JUAN, MARTA, MARCOS, ROSA, RAMON, TERESA, CENTINELA

MARCOS

(Juan, Marta, Marcos, Rosa, Ramón, Teresa y otros forman parte de uno de los grupos.) (Sonriente.) Hace veinticuatro horas solamente que ese viejo sol tostaba los lomos del rebaño, y hoy besa las frentes de hombres libres. Todavía ayer no éramos dueños de un terrón donde reclinar la cabeza; hoy todo es nuestro.

RAMON

(Entusiasmado.) A ti te lo debemos todo, Marcos. Compañeros: un aplauso para Marcos. (Muchos de los que andan paseando y aun de los que forman grupos se acercan.)

MARCOS

(Con viveza y dignidad.) ¡Alto ahí! Nada me debéis. Aquí cada quien ha querido ser libre, y para ser libre ha

tenido necesidad de luchar por la libertad de los demás, pues no se puede ser libre cuando los demás son esclavos. De manera que todos somos acreedores y deudores a la vez. No comencemos, compañeros, por hacer caudillos para que mañana se conviertan en tiranos. Cuando se hace creer a un hombre que a él se le debe la libertad de un pueblo, ese hombre llega a creerse superior a los demás.

ROSA

(Animada.) ¡Muy bien! ¡Muy bien! Aplaudámonos todos; felicitémonos todos, que a todos y a cada uno de nosotros se debe el que en este hermoso día podamos celebrar la fiesta de los hermanos, de los iguales y de los libres.

TERESA

Todo lo que decís está muy bien dicho; pero si Marcos no nos hubiera persuadido de la inutilidad de pedir justicia a nuestros tiranos, estaríamos esperando y continuaríamos esperando, por siglos, que nos viniera de lo alto un jirón de libertad, un guiñapo de justicia o una migaja de pan, cuando no hemos hecho más que decidirnos a alargar la mano para ser libres y dueños de la riqueza social.

MARCOS

Compañeros: la experiencia adquirida en estas últimas veinticuatro horas, nos enseña cuán sabia es la máxima que dice que "la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores mismos." ¡Si los trabajadores de las ciudades hicieran lo mismo que nosotros...! Pero no; manejados por políticos astutos, ellos han encomendado al Gobierno la tarea de emanciparlos, que es como encomendar al lobo la guarda del cordero. Ahora, hermanos, a trabajar la tierra para nuestro beneficio exclusivo, pero sin abandonar el fusil. El enemigo no duerme; en la ciudad se conspira contra la revolución de los campesinos.

ROSA

(Con entusiasmo.) ¡Sí, compañeros, alerta! Los obreros de las ciudades, desconociendo la solidaridad que debe existir entre todos los explotados, han hecho causa común con los partidos políticos y están contra nosotros. Ellos esperan que un gobierno los emancipe. ¡Pobres hermanos descarriados! ¿Qué gobierno ha beneficiado al pobre? ¡El Gobierno, todo gobierno, tiene que ser el verdugo del trabajador y el ángel guardián del burgués! ¡Muera todo gobierno!

TODOS

(A una voz.) ¡Muera!

CENTINELA

(Entrando precipitadamente por la derecha.) (Agitado.) ¡El enemigo se acerca al cañón de La Quemada!

TODOS

¡A las armas! ¡Viva Tierra y Libertad! (Toman las armas y la bandera roja, al mismo tiempo que entonan la segunda estrofa de La Marsellesa Anarquista.)

"No más al amo gobernante
"Por vil salario queremos servir;
"Ya no más la limosna humillante,
"Ya no más suplicar ni pedir.

( Se repite este verso.)

"Que al pedir pan, por hambre acosado,
"El proletario, con impotente voz
"Le contesta, mortífero y feroz,
"El fusil del verdugo uniformado.

"Obreros, ¡a luchar!
"¡A la revolución!
"Con decisión
"A conquistar
"Nuestra emancipación."

(Salen cantando, por la derecha, dando muestras de grande entusiasmo y ardor combativo.) (Cambia la decoración.)

La decoración representa el despacho de un gran personaje

ESCENA SEGUNDA

MINISTRO, SEÑORITA SOFIA MERINDIETA, LOPEZ, DELEGADO, MOZO, OBREROS

MINISTRO

(Fumando un puro al lado de su escritorio; consulta su reloj.) (Bostezando.) ¡Mal rayo parta a López! Son las once y veinticinco minutos de la mañana, y no asoma todavía las narices. (Da sendas fumadas a su puro.) Si no fueran tan útiles al capitalismo y al Gobierno estos jefes obreros, les levantaría la canasta, no les pagaría más sueldo. Pero ¿qué hacer sin ellos? Si se dejase a los trabajadores obrar por su propia iniciativa...¡adiós, sistema capitalista! Mientras que teniendo jefes, nosotros nos entendemos con esos jefes, y los jefes se encargan de adormecerlos. Sin jefes, los obreros ya se habrían echado sobre la maquinaria para trabajar por su cuenta, como los campesinos se están apoderando de las tierras para independerse económicamente; pero los jefes se dan sus mañas para entretener con reformas a esos zoquetes de obreros, y solamente así podemos lograr que no se acabe de desplomar el sistema de la propiedad privada. (Se oye el sonido de una campanilla eléctrica.) ¡Por fin llega ese maldecido de López! (Entra un mozo con una charola, en la que hay una tarjeta; el ministro recoge la tarjeta y lee aparte.) "Señorita Sofía Merindieta, Profesora Normalista." (Al mozo.) ¡Que pase! (Sale el mozo.) (Frotándose las manos.) Es guapa la profesorcilla. (Entra la señorita Merindieta.)

SEÑORITA MERINDIETA

(Inclinándose.) Buenos días, señor Ministro.

MINISTRO

(Levántase de su asiento y estrecha efusivamente la mano de la visitante.) Buenos días, señorita. Sírvase usted sentarse. (Se sientan en un sofá.) (Meloso.) Sírvase usted decirme en qué puedo serla útil.

SEÑORITA

Estoy en la miseria. Necesito un empleo cualquiera. Mi familia se muere de hambre.

MINISTRO

Ayer recibí la comunicación de usted solicitando esta audiencia, y desde luego acordé recibirla hoy, pues nuestro deber de gobernantes ea atender con prontitud toda petición. (Con énfasis.) Para eso estamos: para servir al pueblo.

SEÑORITA

Gracias, señor Ministro.

MINISTRO

Pero tengo la pena de decir a usted que el Gobierno está pasando por una crisis terrible. El país está infestado de bandidos levantados en armas, que no respetan ni las propiedades ni las personas y que amenazan destruir el orden de la sociedad, y los hombres del Gobierno necesitamos hacer toda clase de economías, reducir los gastos hasta el sacrificio, para poder hacer frente a la situación. Por tal razón, señorita, tengo el dolor de manifestar a usted que, al menos por hoy, es imposible darla a usted algún puesto. Más tarde, ya veremos. Tendré presente el nombre y la dirección de usted para mandarla llamar.

SEÑORITA

(Dando muestras de un gran pesar.) Señor, mi madre está en cama; mis hermanitos piden pan... (Solloza.)

MINISTRO

(Sonriendo, aparte.) Tanto mejor, con más facilidad aceptarás mis caricias. (A ella.) Se me parte el corazón ante tanto sufrimiento. (Hipócritamente.) ¿Para qué le daría Dios a uno un corazón tan sensible?

SEÑORITA

(Suplicante.) ¡Socórrame usted, señor Ministro. Desde ayer no se prueba bocado en mi casa; mi madre no tiene medicinas; los niños tienen frío y hambre... (Solloza.)

MINISTRO

(Sonriendo, aparte.) ¡Será mía! (A ella.) ¡Por el amor de Dios, que me mata usted con su pesar! (Ella solloza convulsivamente; él la rodea el talle con el brazo; aparte.) Tiene que caer, tiene que caer. Si no hubiera dolor abajo, ¿de dónde sacaríamos nuestras queridas los de arriba? (Se abre la puerta.)

MOZO

¡El señor López!

MINISTRO

(Aparte.) ¡Mal rayo lo parta! (Al mozo.) Que pase. (A ella.) Sírvase usted venir mañana a las once, que procuraré aliviar su situación. ¡No ha tocado usted un corazón de roca! (Estrechándote efusivamente la mano.) Hasta mañana.

SEÑORITA

(Con desesperación.) ¡Veinticuatro horas más de agonía! (Sale sollozando.)

MINISTRO

(Furioso.) ¡Qué inoportuno es el tal López! Diez minutos más y... cae.

LOPEZ

(Entrando.) Buenos días, señor Ministro.

MINISTRO

Buenos días, señor López. (Le estrecha la mano.) Sírvase usted tomar asiento. (Se sientan.)

LOPEZ

Conforme a lo que acordamos ayer usted y yo, hablé por la noche con los miembros de los sindicatos obreros. Se muestran muy desconfiados, pues dicen que el pacto habido entre ellos y el Gobierno no les ha producido una migaja más de pan, y en nada ha aminorado las horas de labor. (Con solemnidad.) He podido notar síntomas de rebeldía, señor Ministro. Yo no sé cómo ha podido escurrirse hasta los hogares proletarios el maldito periódico que publican los renegados de California, el papelucho llamado REGENERACION; el caso es que lo he visto en más de un hogar y su influencia es desquiciadora, porque mata en los obreros la fe en santones o jefes, y despierta en ellos el deseo de apoderarse de la riqueza social, como el único medio para salir de la miseria y de la tiranía. A mí no se me recibió tan bien como antes se hacía, ni se me tuvo la confianza de costumbre. Yo no sé cómo han llegado a traslucir que tengo sueldo para hablar del problema social de una manera que beneficie al Gobierno

MINISTRO

Malos síntomas son ésos, señor López.

LOPEZ

Malísimos, señor Ministro. Ya no les gustan los sindicatos. Dicen que los sindicatos no redimen al trabajador y quieren entregarse, desde luego, a la expropiación de la riqueza social, como lo hacen los trabajadores de los campos. Yo he tratado de convencerlos de que la violencia no conduce a nada bueno, y que es por los medios pacíficos como los trabajadores deben buscar su emancipación, sobre todo cuando se cuenta con un gobierno amigo de los trabajadores.

MINISTRO

¡Bravo! ¡Bravo, señor López! Con jefes obreros como usted, tendremos a nuestros pies a esos pelados.

LOPEZ

No quedaron muy conformes, y decidieron enviar una comisión este día para recabar de usted una promesa de ayuda. ¡Ja, ja, ja! ¡Los idiotas!

MINISTRO

¡Ja, ja, ja! ¡Tragan el anzuelo todavía esos estúpidos! ¡El reinado de la explotación tiene algunos años más de vida! (Se abre la puerta y aparece el mozo.)

MOZO

(Dirigiéndose al Ministro.) Señor, unos obreros desean hablar con usted.

MINISTRO

Que pasen inmediatamente. (Sale el mozo.) Las circunstancias lo forzan a uno a ser cómico. ¡Me da tanto asco el contacto de la canalla...!

DELEGADO

(Entran varios delegados obreros, que por la torpeza de sus movimientos y lo forzado de sus actitudes, dejan adivinar la turbación que les causa encontrarse en un medio distinto al suyo.) (Manoseando su sombrero.) Buenos días, señor Ministro. (A López.) Salud, compañero.

MINISTRO

Buenos días, señores. (Se apresura a darles la mano, que con disimulo se limpia después en la falda del saco.)

LOPEZ

Salud, compañeros. (Se ríe aparte.)

MINISTRO

Sentaos, amigos míos. (Todos se sientan; unos se rascan la cabeza, otros manosean sus sombreros y algunos no saben qué hacer de sus pies y de sus manos.) Estáis en vuestra casa. ¿A qué se debe el honor de haber estrechado esas manos honradas?

DELEGADO

(Turbado y manoseando su sombrero.) Pues... pues... ya el señor aquí (designando a López y rascándose la cabeza)... digo, ya el compañero López le habrá dado a usted un mediano detalle de lo que queremos los obreros.

MINISTRO

En efecto, ya el señor López me habló de quo vendríais a verme para recabar del Gobierno, del cual tengo la honra de formar parte, la seguridad de su apoyo. (Con énfasis.) El Gobierno está con vosotros, nobles hijos del Trabajo. (Da palmaditas en las rodillas del delegado, para limpiarse enseguida las manos en las faldas del saco.)

LOPEZ

Sí, compañeros; acabo de tener una larga plática con el señor Ministro. Le he expuesto vuestra situación, la miseria que sufrís por lo escaso de los salarios de que disfrutáis, y el señor Ministro, con su buen corazón, se ha dolido de vuestros sufrimientos y ha jurado poner a raya a los capitalistas para aliviar vuestra situación; pero se tropieza con la terrible dificultad de que encontrándose levantados en armas muchos bandidos, no es posible poner en práctica las reformas que habrán de emancipar, al trabajador, del yugo capitalista. Se necesita, compañeros, que deis todo vuestro apoyo a la Revolución hecha gobierno para asegurar la paz y coadyuvar en la grande obra de la reconstrucción nacional.

DELEGADO

Estamos listos a derramar la última gota de nuestra sangre en defensa del Gobierno.

MINISTRO

(Aparte.) ¡Se ensartaron! (A ellos.) No podía esperarse otra cosa de los nobles hijos del taller, de los héroes esforzados de la fábrica, de los campeones del martillo y de la escuadra, que estar al lado de la Revolución hecha gobierno para vencer a los bandidos. (Solemne.) En nombre de la Patria os saludo, soldados de la legalidad. La peonada de la hacienda de La Purísima se levantó anoche en armas y cometió mil excesos; los bandidos violaron mujeres, robaron, incendiaron, asesinaron y llevaron su audacia hasta el grado de declararse dueños de la hacienda. ¿Adónde va a dar la sociedad con tales desmanes? Esos campesinos son vuestros peores enemigos, porque con sus actos de salvajismo y su constante rebelión retardan el advenimiento de la paz, los negocios se estancan, los salarios no pueden subir y la nación se desprestigia en el extranjero.

LOPEZ

¡Mueran los bandidos! (Los obreros se ponen de pie y gritan: ¡mueran!) Compañeros: ¡a exterminar esas víboras que impiden que el Gobierno ponga en práctica sus reformas redentoras! (Los obreros: ¡mueran los bandidos!) ¡Volad a reunir a todos los compañeros! El comandante militar os proveerá de armas y municiones, y marchad como hombres a vencer a la reacción. Un tren especial os pondrá en tres horas en el lugar de los sucesos. ¡Viva la Revolución Social! (Los obreros gritan: ¡viva! y, después de dar la mano al Ministro y a López, salen precipitadamente de la oficina. Se cierra la puerta. López y el Ministro se miran cara a cara y prorrumpen en una estruendosa carcajada.)

MINISTRO

(Limpiándose asqueado la mano.) Si no hubiera idiotas, ¿qué sería de nosotros?

LOPEZ

(Con convicción.) Si no hubiera idiotas, tendríamos que sudar para ganar el pan. Sin los trabajadores, que no tienen conciencia de clase, tanto el burgués como el fraile, el gobernante y cuanto parásito vive del sudor del pobre tendríamos que remangarnos loa puños y entrarle al pico y a la pala si no queríamos perecer de hambre.

MINISTRO

Por fortuna el número de los imbéciles es infinito.

LOPEZ

Sí, pero están despertando. ¡Cuidado con dormirnos nosotros! En fin, me marcho. Buenas tardes, señor Ministro. Mañana sabremos el resultado del encuentro entre los trabajadores de la ciudad y los del campo. ¡Hermanos contra hermanos! ¡Bendita sea la ignorancia de las masas, que asegura nuestra tranquilidad! (Da la mano al Ministro y sale.)

MINISTRO

(Limpiándose asqueado la mano.) ¡Tener que darle la mano a Judas! (Cambia la decoración.)

La decoración representa un lugar montañoso. Por la derecha, grandes peñascos forman un baluarte natural. Campesinos de ambos sexos y diferentes edades yacen muertos en distintos lugares, y principalmente al pie de las grandes rocas de la derecha, donde se encuentra la masa principal de defensores del baluarte, hombres y mujeres. Los niños despojan de su parque a los muertos y lo entregan a los supervivientes. Algunos niños salen al campo enemigo a despojar de su parque a los gobiernistas muertos, y regresan trayéndolo en tompeates y cestas. La bandera roja, en lugar prominente. Tiroteo general.

ESCENA TERCERA

JUAN, MARTA, MARCOS, ROSA, RAMON y TERESA

MARCOS

¡Animo, compañeros! Praxedis nos dijo: «Vivir para ser libres, o morir para dejar de ser esclavos». (Dispara su fusil.)

ROSA

(Al lado de Marcos.) ¡Viva el Partido Liberal Mexicano! (Todos contestan: ¡viva!) ¡Viva la Anarquía! (Todos contestan: ¡viva!) ¡Viva Tierra y Libertad! ( Todos contestan: ¡viva!) (Cae muerta.)

MARCOS

(Se inclina y coloca la cabeza de Rosa sobre sus rodillas.) (Con tristeza.) ¡Está muerta! (La besa.) Ha dejado de ser esclava. (La estrecha con ternura.) No son los tiranos quienes te han arrancado la vida, Rosa mía. ¡Es un proletario el que te ha herido de muerte! El asesino es tu hermano, ¡es Caín! Quisiste romper sus cadenas, y te ha pagado con la muerte. ¡Ah, qué infierno se le espera a ese esclavo inconsciente! Volverá a su hogar triunfante, con las manos tintas en sangre de los suyos, de los de su clase; pero sin un pedazo de pan para los niños que desfallecen de hambre. Entonces comprenderá que te ha asesinado para asegurar a los ricos el bienestar y para remachar sus propias cadenas. (Estrechándola.) Duerme, Rosa mía, duerme. Dentro de pocos minutos estaré contigo. (La besa con ternura y la descansa suavemente en tierra. Se levanta y continúa disparando su fusil. Del lado de afuera se escuchan voces de: "¡rendíos, bandidos! ¡Viva el Supremo Gobierno!" Los defensores del baluarte entonan la tercera estrofa de La Marsellesa Anarquista:

"Los privilegios de la burguesía
"Aniquilemos con brazo tenaz,
"Y los antros de la tiranía
"Sean parte del fuego voraz.

(Se repite este verso.)

"No quede en pie el Estado y sus leyes,
"Que siempre al pueblo feroz esclavizó
"Y la ignorancia caduca conservó
"Con sus patrias, sus dioses y sus reyes.

"Obreros, ¡a luchar!
"¡A la revolución!
"Con decisión
"A conquistar
"Nuestra emancipación."

(Van cayendo muertos los defensores.)

JUAN

(Empuña la bandera roja y la hace ondear sobre el parapeto.) (Dirigiéndose al enemigo.) Hermanos obreros de la ciudad: esta bandera representa la sangre de todos los oprimidos del mundo. Ella tiene el color de vuestra sangre y de nuestra sangre. ¡Uníos a nosotros, que somos vuestros hermanos de clase, y luchemos juntos contra el enemigo común: el burgués, el fraile y el gobernante! ¡Viva Tierra y Libertad! (Los de afuera: ¡mueran los bandidos! Juan cae, herido, en los brazos de Marta.) ¡Me han herido!

MARTA

(Recostándolo en sus rodillas, le separa el pelo de la frente.) ¡Asesinos! ¡Asesinos! (Le besa la frente.) ¡Cada muerto de los nuestros es un eslabón más que añadís a vuestras cadenas! (Se lleva las manos a la cabeza.) ¡Estoy herida! (Cae.) (Los de afuera gritan: ¡viva el Supremo Gobierno! Los defensores responden: ¡muera!)

TERESA

(Levanta la bandera roja y la agita.) Morimos, pero la idea que representa esta bandera no morirá. (Dirigiéndose al enemigo.) Mañana, cuando la tiranía hiera con su espuela vuestros ijares, os acordaréis de nosotros y el remordimiento roerá vuestros corazones. Entonces levantaréis esta bandera que la muerte arranca de nuestras manos. (Cae muerta.)

RAMON

(Se inclina y la besa.) Una víctima más de la ferocidad burguesa. (Se levanta, dispara su fusil sobre el enemigo.) ¡Matadnos, que la libertad necesita de la sangre de los buenos; pero también se nutre con cabezas de tiranos. (Cae muerto.)

MARCOS

¡El enemigo avanza al asalto de nuestro baluarte! ¡Todos aquí, para recibirlo con una descarga cerrada! (Todos acuden al llamado y preparan sus fusiles.) (Una voz de afuera: ¡rendíos!) ¡Fuego! (Todos disparan; los de afuera contestan el fuego, y todos los defensores del baluarte, con excepción de Marcos, van cayendo muertos hasta quedar solo Marcos.) (Una voz de afuera: ¡ríndete!) (Con energía.) ¡Un anarquista no se rinde! (Se oye un disparo y cae herido. Se levanta vacilante.) Vosotros que sostenéis al crimen deberíais rendiros a mí, que represento la justicia. Bebed mi sangre, ¡insensatos!, y llevad mi corazón a vuestros hijos hambrientos para que lo devoren, porque vuestros amos no les arrojarán ni un hueso de su festín. (De afuera: ¡ríndete, bandido!) (Viendo en torno suyo.) ¡Ah, todos muertos; pero mientras haya hambre e injusticia, la Revolución continuará en pie! (Se desabrocha la camisa y posa la mano sobre el pecho.) ¡Matadme! ¡Asesinad a vuestro hermano de clase, para que vuestros verdugos sean felices! Dadme la muerte sin tardanza para que volváis a la ciudad a recibir los puntapiés de vuestros amos como premio a vuestra traición. ¡Viva Tierra y Libertad! (Una voz: ¡fuego! Se oye un disparo. Cae muerto.)

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