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El Resplandor

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Era un hombre aparentemente joven, pero cuando se tenía la oportunidad de hablar con él, se conocía que los años le habían dejado bastantes experiencias, su indumentaria era, digamos exótica, una combinación del antiguo estilo oscuro de fines de milenio y el habito medieval característico de los monjes de aquella época, una extraña presencia le rodeaba y aparentemente era su única compañía en su travesía sin fin.

Al llegar al pequeño refugio se detuvo un momento, recorrió con la mirada los alrededores y se dispuso a entrar a aquel sitio, fue entonces cuando el guardián se opuso instintivamente a su ingreso, el hombre no se exaltó, bajó los brazos y dio un paso hacia atrás ante la posición retadora del vigía, le mostró ambas manos y después le dirigió algunas palabras que no alcanzaba a escuchar desde el sitio en que me encontraba; momentos después, el vigía bajó la guardia y le permitió el paso al refugio.

En el refugio había no más de veinte personas viviendo en condiciones deplorables, el parecía comprender la causa y estaba, según lo demostraron sus palabras y actos, dispuesto a colaborar en una empresa completamente nueva para nosotros; sus palabras describían mundos felices, sitios paradisiacos, algo que mi imaginación no alcanzaba a describir; todos nos sentimos súbitamente llenos de alegría y dispuestos a cooperar en la forma que nos fuera posible para iniciar el recorrido que nos llevaría a tan magníficos lugares, pero él apaciguó nuestro júbilo y reinició la charla en la que planteaba una forma distinta de organización que distaba bastante de la nuestra; esta charla se extendió por días y fue acompañada de ejemplos muy ilustrativos que el hombre llevaba a cabo con un conocimiento de años, eso y la extraña presencia que impregnaba el lugar de ternura fueron, estoy seguro, los elementos que apresuraron la comprensión de esa organización y en unos cuantos días, estuvimos listos para iniciar el viaje.

Durante el camino se presentaron varios obstáculos, los cuales saldamos fácilmente, en un principio, con la ayuda de lo aprendido en días pasados, sin embargo, el camino parecía interminable y el paisaje se volvía más desolador a cada paso, esta situación comenzó a impacientar al contingente, que, añoraba estar en el sitio prometido y no faltó quien intentó provocar al hombre a base de una actitud violenta en completo contraste con las lecciones que había recibido. Sin embargo, la presencia que acompañaba al hombre impuso la tranquilidad en forma tan bella que no hay palabras que describan el espectáculo de ensueño que presenciamos; el panorama se oscureció completamente y ante nuestros ojos, esa maravillosa luz rodeó la silueta del hombre, quien parecía conversar con la presencia que se sincronizaba de tal forma con él para mostrar una aparente unicidad de esta dualidad incomprensible. El resplandor no era constante, a veces era muy intenso y otras casi desaparecía, dando la impresión de que esa luz tenía vida propia y su intensidad iba acorde al ritmo de su corazón. A pesar de que el evento solo duro unos instantes, tuvimos la sensación de que había transcurrido un tiempo infinito, y la experiencia fue tan extasiante que no se presentó ningún otro altercado durante el resto del recorrido, las miradas de todos cambiaron en forma asombrosa de hostiles a cálidas y se respiró una paz capaz de calmar la sed de una multitud en el desierto mas seco.

Continuamos el recorrido hasta llegar a unas grutas, y descansamos un momento en la entrada, fue entonces cuando una agradable sensación proveniente de las grutas nos indicó que estábamos próximos a nuestra meta, ahí tuve la oportunidad de percibir un olor tan agradable que en mi mente empezaron a formarse paisajes que nunca antes había visto y que, recordando un poco, se asemejaban bastante a los lugares que el hombre había descrito en el refugio. Nos incorporamos nuevamente y penetramos a las grutas en un ambiente bastante animado, y en un abrir y cerrar de ojos nos encontramos frente a La Comunidad, tal como el hombre lo había dicho, la felicidad se percibía por doquier, gente amable, completamente distinta a aquellos que nos acechaban día y noche; arboles frutales en todo su esplendor, animales en convivencia con humanos sin látigos o cadenas de por medio, casas construidas con el esfuerzo común, una laguna de agua transparente, niños con rostros felices y sin temor a que alguien los lastimara...

A partir de ese momento nos integramos a La Comunidad. Ya no tenemos incertidumbre por el futuro. Sabemos que se puede vivir en armonía y que no se necesitan capataces para lograrlo. Nuestras ideas son aceptadas e incluso son llevadas a la práctica en cuanto permitan el bien común.

Después de nuestra llegada, solo me intrigaba el resplandor que emanaba del hombre, a quien aquí llaman El Monje, y que, según sus propias palabras ha encontrado en él la armonía y la tranquilidad para poder llevar a cabo cualquier empresa por difícil que parezca. He sabido que la presencia existe en carne y hueso, nunca la he podido ver, pero se que su belleza interior permite observar el resplandor.

El tiempo pasa, hoy hace un año que conocimos al Monje, él me ha confiado que exactamente hoy hace cien años que encontró el resplandor en la Bóveda de Cristal; me contó como fue su encuentro y yo traté de reconstruir la escena, aunque con bastantes vacíos, pues hay muchas cosas que ya no existen; me pregunto si lo que me contó tiene algo que ver con el proyecto que formó nuestra realidad.

Ahora, yo también busco mi resplandor, espero encontrarlo pronto...



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